miércoles, 29 de febrero de 2012

Me gusta tu bar...

Nunca he considerado que mi vida estuviera completa. Puede ser que en algún momento preciso, llegara a pensar que no necesitaba nada más de lo que tenía. Me equivoqué.
A medida que avanza mi vida, me voy dando cuenta, de que ese refrán que reza: “La ignorancia da la felicidad” cada día, parece tener más sentido. Se van aprendiendo cosas que se desconocen, por eso nunca se puede aprender todo.

Volvamos un tiempo atrás. Mi antigua vida. Mi novia. Mi moto. Mis momentos. Mi trabajo. Sí, mi trabajo.
Aquellos dos personajes que pusieron la primera piedra en mi camino “profesional”. Ese primer mes con mi estilo amateur “bandejisticamente” hablando. Esos viajes repetitivos producidos por el temor a que se cayera todo lo que había en la bandeja. Estaba empezando.

Pues bien, el tiempo pasó y el pequeño Javi iba aprendiendo poco a poco. Iba puliendo cosas que necesitaba perfeccionar. Conoció a muchas personas que también le enseñaban.
Aprendió, que la cocina era un mundo aparte del comedor. Cada uno, tenía sus normas y en el cuarto donde se servía la comida, había una persona que tenía el control.

Mientras los padres de aquel chaval inocente veían los progresos, iban subiendo la dificultad con tecnologías nuevas para él (entiéndase una PDA).
Pero llegó el momento. Aquel chico, tenía que extender sus alas y volar solo. Ya que tenían que criar a su propio hijo.

Me quedé un tiempo más. Todo era tan bonito...
Tenía otros compañeros, otros nuevos jefes, nos visitaban los primeros con su niño y su niña …

Me partí la muñeca y desde entonces todo se tornó negro.
Cuando me quitaron la escayola tuve que volver a buscarme la vida, cosa que no me costó mucho. Iba dando tumbos, de un bar de noche a un restaurante “pichi”, de un café a un antro... Pero al fin llegué a un destino que no me imaginaba.
El sitio era algo “classico”. Se estaba a gusto, y lo importante, se respiraba tranquilidad y familiaridad.
Tuve mi tiempo de adaptación y en vez de un jefe, tuve una persona que estuvo a mi lado. Siempre quiso ayudarme y por ello le tengo cariño.

Pero mi historia prosigue... desde éste último sitio, recibo noticias de un bar que será abierto... pero todo eso lo veía muy lejos. Tonto de mi. El tiempo pasa volando y el día menos pensado, en un bar, jugando a los dardos, “hice diana” con mi mentor. Me dio noticias que me alegraron muchísimo. Iban a contar conmigo.

Un 13 de enero recibo la llamada. La llamada. Era una “entrevista formal”, y una visita a mi futura casa.

Pasó el tiempo. Se inauguró.

Todo era muy bonito. Era todo como al principio. Cada uno con su estilo, pero con diferente mentalidad. Volví al dejavú de la cocina. ¡Era ella!.

Pero me quedaba una sorpresa más por descubrir.
Marc.
No lo había visto en mucho tiempo, pasó de medir muy poco y pesar menos estando en un carrito de bebés, para ser el hombrecito que me encontré cuando entre al bar.

Comencé a buscar información sobre el “Síndrome de Dravet”. Me dijeron que el bar se había abierto para recaudar fondos para la asociación contra dicho síndrome.
Nunca me he enfrentado a una cosa así la verdad, pero me imagino que debe de ser muy duro. Todos tenemos nuestros problemas y cada uno los afrontamos como podemos o como queremos.
Yo ahora trabajo en ese bar. Nunca había significado tanto para mi, hasta que un día, en el “chiquipark” de al lado, miré cara a cara al “Sindrome de Dravet” convertido en una persona muy pequeñita y con una carita de ángel, con la que empecé a “luchar” y a revolcarme por el suelo para ver quién era el más fuerte. Y cuando estaba sometiéndolo a un arsenal de cosquillas y riéndose a más no poder encogido en el suelo, comprendí, que no se trata de los cafés solidarios que puedas tomarte, si no del grado de “Filantropía” que llevamos dentro cada uno...

Me gusta tu bar...

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