Vuelvo a jugarme la boca en esta entrada. Me apuesto sentimientos inconcretos, que juegan por jugar y consiguen confundirme.
Mi tiempo, se iguala con mi imaginación… Escasea. La inspiración no ayuda, los segundos siguen corriendo y yo me encuentro sentado en la silla queriendo contar una historia que no se cómo empezarla…
Rompiendo con el pasado, un simple recuerdo, empujó a uno de mis fantasmas a llamarme perdidamente. Mis ganas de situaciones raras e incomodas, aumentó al decir un “sí”, que ni si quiera había planeado.
Todo empezó a fluir cuando me comí mi bocadillo, y decidí beber coca-cola para pasar “aquel trago”. Conversaciones extrañas, compañías inusuales, y por supuesto, ahí en medio, donde no hago falta, yo.
Transcurrió la noche fácilmente entre alguna que otra risa, y algún que otro puñal (¿amistoso?).
Pero mi fantasma del pasado y yo, nos quedamos solos, para revelarse, para decirme lo que pensaba, aun sabiendo el martirio que podía suponer el haberlo soltado. Pronto descubrí que tenía razón. Entre babas, lametones, pellizcos y “sutiles cogidas de la parte interior de la pierna a la altura de la rodilla”, pasábamos el rato.
Discutiendo y pegándonos sin hacernos mal, nos revolcábamos por la yerba cual pareja de enamorados en sus primeras citas, con el aliciente de intentar inmovilizar a alguien para que no me chupara toda la cara.
Pasaba el rato, el tiempo, los segundos… Se abrieron cicatrices para meter cristales dentro, para que en un futuro, no solo quedáramos marcados, si no para que nos doliese. Que nos doliese, todo ese tiempo perdido que decidimos pasar cada uno de la mano de nuestro destino y no de la mano de la “rara amistad” que creo podíamos llegar a conseguir.
Y como siempre digo. Un adiós, no es despedida. Nos negábamos a abandonarnos el uno al otro con abrazos que no hacían más que reflejar soledad. Soledad en buen sentido. Soledad en tono de compañía. Soledad en plan colectivo. Soledad, en plan abrazo.
Y cuando el reloj nos avisó, ya era demasiado tarde para volver a empezar aquella noche mágica, en la que aprendimos a rimar cicatriz con pasado.

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